Deporte

Ascenso al Cerro Aparejo

Relato de montaña tras la travesía al macizo de 4.794 msnm, enclavado entre los ríos Yeso y Colorado y que fue escalado por primera vez en 1950.

Texto y fotos: Fernando Villela Toro

Desde el pequeño caserío de Romeral Nace el “Camino al Embalse”, Ruta G-345. Luego de pasar este lago artificial nacen varios cordones montañoso cuyas aguas tributan al río Yeso. Hacia la ladera norte en primer lugar se encuentra el inexplorado Cajón de Casa Piedra. Luego le sigue el Cajón del Aparejo con el Cerro que le da su nombre. Esta montaña que cierra el valle cautiva por su imponente forma piramidal que se intenciona hacia alturas buscando al cielo. Luego, encontramos el Cajón de Yeguas Muertas.

Nos internamos por el valle. Somos un grupo compacto de amigos apasionados por el montañismo y la escalada. Entre conversaciones y risas llegamos a los pies del cerro a armar nuestro campamento, en una suerte de “isla de tierra” rodeada de nieve a los cuatro vientos.

La jornada comienza a medianoche, la oscuridad abraza el silencio. El ritmo es firme y constante y al amanecer nos encontramos en un portezuelo que cae desde el extenso filo sureste. El descanso es de solo algunos minutos, pues hay que seguir y hacia el norte pasamos por un gran resalte de roca que alude a la Esfinge. Tomamos una extensa ruta que da un rodeo hacia la derecha y luego a la izquierda para nuevamente montarnos al filo. Nos asomamos hacia el valle, podemos ver el campamento base junto a los primeros rayos del sol. La vista es magnífica, el momento es único y comienza la escalada. La pericia y compañerismo de cada miembro es fundamental. La pésima calidad de la roca en base a yeso genera un andar dificultoso, pero constante. Eso, hasta que llegamos a un espolón en que nos vimos obligados a descender mediante un rapel. Nuevamente escalamos un canalón vertical que nos dejaría entre el portezuelo que unifica la cumbre sur con la cumbre principal a la que se llega por un acceso serpenteante de varios largos de roca que alternan con pequeños neveros.

La fatiga desaparece al encontrarnos en la cumbre del Aparejo. Por esta nueva vía, nuestra alegría se deposita en cada cumbre de logramos visualizar, hacia la inmensidad del hermoso Cajón del Maipo. Ahora, a bajar. No conectamos con la ruta normal, por lo tanto otro rapel para salir de ahí y dar con el canalón de la ruta normal. El andar se hace lento por la nieve profunda. La montaña no nos quiere dejar partir sin arrebatarnos las últimas energías que nos quedan. La oscuridad nos envuelve nuevamente y caminamos al ritmo de nuestras siluetas en la montaña. Luego de 24 horas entramos nuevamente a la carpa en estado de trance.

Sale el sol, con la calma del amanecer compartimos nuestro desayuno y la alegría nos envuelve. El calor obliga a refrescarnos en una pequeña laguna, los cóndores planean sobre esta fiesta. Nos sumergimos en agua gélidas que recomponen el alma, el buen humor aflora. Ya es hora de volver a casa.

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