Mide 24 centímetros, pesa 22 gramos y puede bajar su temperatura corporal a 14 grados para sobrevivir al frío andino. Lo que hace entre marzo y septiembre, nadie lo sabe con certeza. La primera vez que alguien ve un picaflor gigante, suele confundirlo con un ave diferente. El tamaño en si no cuadra con lo que uno asocia a un picaflor: 24 centímetros de longitud, un vuelo estable y potente, llamados agudos que se escuchan mientras cruza el lugar. Pero entonces se detiene en el aire frente a una flor, completamente inmóvil, batiendo las alas con esa cadencia característica de los colibríes y ya no hay de quién se trata. Es el Patagona gigas, el picaflor más grande del planeta, quien tiene una manera única de habitar la precordillera andina que resulta difícil no admirar.
Por Ignacia Aqueveque . Fotos : C.Sepulveda
Su plumaje no es llamativo en el sentido habitual. Gris verdoso por encima con un brillo metálico sutil, rabadilla blanca que destaca en vuelo, partes inferiores de un café rojizo cálido con tonos verdosos en la garganta. Los dos sexos son casi idénticos, el macho apenas un poco más grande, y las dos subespecies que habitan Chile se diferencian principalmente en intensidad: la del norte, peruviana, luce un rojo ladrillo más encendido en el vientre y llega hasta los 4.000 metros de altura en los Andes del extremo norte; la del centro-sur, gigas, recorre desde Atacama hasta la península de Arauco durante la primavera y el verano, frecuentando los 2.000 metros las laderas precordilleranas semiáridas con matorral esclerófilo como las del Cajón del Maipo.
Se alimenta principalmente del néctar de las flores nativas, con especial preferencia hacia el chagual, que crece por las quebradas precordilleranas durante la primavera y complementa la dieta capturando pequeños insectos al vuelo. Al alimentarse del chagual, lo poliniza. Una relación de dependencia mutua por donde se mire. Sin el picaflor gigante, la reproducción del chagual sería otra historia. Sin el chagual, la del picaflor gigante también.



El nido tiene algo especial. La hembra construye una taza de musgo y líquenes forrada con lana de oveja, fijada a dos o cuatro metros de altura en una rama horizontal, cerca de algún cuerpo de agua. El nido es apenas un poco más grande que el de un picaflor común. Cuando ella incuba sus huevos (uno o dos) de 21 por 13 milímetros, sobresale por todos lados. Los polluelos crecen ahí dentro, completamente apretados, hasta que no caben más y tienen que irse.
Otro comportamiento del picaflor gigante que genera asombro y que muchos no conocen es el torpor o estado de letargo. Los picaflores andinos pueden reducir su temperatura corporal desde los 39,5 grados normales hasta 14,5 grados durante las noches más frías, entrando en un estado de letargo que les permite conservar energía sin morir de frío. Se teoriza que el picaflor gigante utiliza un mecanismo similar durante los días más duros. Es una adaptación que, en términos simples, significa que puede apagar casi por completo su metabolismo y volver a encenderlo cuando el sol regresa. Eso, en un pequeño de 22 gramos, es un fenómeno fisiológico inigualable.
Durante el otoño, la población del centro de Chile desaparece. Se dice que cruzan los Andes hacia el noroeste de Argentina, pero las rutas exactas, los lugares en los que invernan o lo que hacen durante esos meses siguen siendo un enigma. Regresan en septiembre, y los que han tenido la suerte de ver a uno detenido en el aire frente a un chagual en flor saben que es una experiencia única.