Gato Andino

Gato Andino: el fantasma los Andes

El Leopardus jacobita, o más conocido como gato andino, sobrevive en las cumbres más inhóspitas de la cordillera con una población tan reducida que los biólogos no terminan de ponerse de acuerdo en cuántos quedan. Los pueblos andinos llevan siglos sabiendo que está ahí. La ciencia todavía lo está descubriendo.

Por Ignacia Aqueveque · Revista Cajón del Maipo. Foto portada por Juan Reppucci

Antes de que existiera cualquier nombre científico, los pueblos del altiplano ya tenían varios para este felino: “oskhollo” en quechua, “achamichi” en atacameño, “titi” o “titimisi” en aymara. Cada uno de esos nombres cargaba una cosmología entera: el felino como guardián de la fertilidad del ganado, como figura ligada a los espíritus de los cerros, como presencia que se invoca en las ceremonias agrícolas usando pieles que todavía circulan en algunas comunidades. El mundo occidental lo clasificó mucho después como Leopardus jacobita, le asignó una categoría de amenaza y siguió sin verlo. El animal, por su parte, no ha cambiado de hábitos.

Físicamente es más pequeño de lo que su reputación sugiere: apenas algo mayor que un gato doméstico, con un pelaje gris ceniza, atravesado por manchas café rojizas dispuestas en franjas verticales que lo hacen prácticamente indistinguible de la roca que habita. El único rasgo que rompe esa discreción es la cola: desproporcionadamente larga —entre el 66% y el 75% del largo del cuerpo—, gruesa, felpuda, marcada con seis a nueve anillos oscuros. No es ornamental. En terrenos de pendiente extrema, esa cola funciona como contrapeso de precisión mientras el animal persigue chinchillones o vizcachas por salientes donde no hay margen para el error.

Su territorio en Chile va desde el Parque Nacional Volcán Isluga, en Tarapacá, hasta la cordillera de la zona central, con registros en el Parque Andino Juncal y en las cumbres cercanas a Santiago. Las mismas cimas que cierran el horizonte del Cajón del Maipo forman parte de esa franja. Lo que el gato andino necesita para sobrevivir es bastante concreto: afloramientos rocosos que le sirvan de refugio y de plataforma de caza, fuentes de agua cercanas y poblaciones estables de vizcacha de montaña, que constituyen el grueso de su dieta. El problema es que ese hábitat está fragmentado por naturaleza y cada año un poco más por intervención humana.

Como depredador tope, regula las poblaciones de pequeños vertebrados y mantiene funcionando el equilibrio de las comunidades altoandinas. Su presencia es también un indicador directo del estado de los ecosistemas de altura: donde el gato andino puede instalarse, el sistema tiene integridad. Su desaparición no es solo la pérdida de una especie; es una señal de que algo más amplio se está deteriorando. Los biólogos usan el término bioindicador para describir esa función, que es la manera rigurosa de decir lo que los pueblos andinos ya sabían de otra forma.

Los números actuales no son tranquilizadores. Se estima que la población total oscila entre 1.400 y 2.177 individuos adultos en toda su distribución, repartidos en dos grupos que llevan más de 200 mil años sin intercambio genético. La diversidad resultante es tan baja que la especie tiene poca capacidad de adaptación ante cambios rápidos del entorno, y el entorno está cambiando rápido: la megasequía reduce las fuentes de agua, la expansión minera y ganadera fragmenta aún más el hábitat, y los perros asilvestrados —consecuencia directa de la tenencia irresponsable de mascotas— se han convertido en un depredador activo dentro del territorio del felino, además de un vector de enfermedades. A eso se suman los casos de caza por represalia o por confusión con crías de puma, que siguen ocurriendo.

Lo llamativo es que toda esa presión recae sobre un animal que la mayoría de las personas nunca ha visto y probablemente nunca verá. Sus hábitos crepusculares, su pelaje críptico y su tendencia a moverse en terrenos de difícil acceso lo mantienen fuera del registro habitual, incluso para quienes trabajan en la cordillera. Las cámaras trampa han sido, en las últimas décadas, la única tecnología capaz de dejar constancia de que el gato andino sigue ahí.

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